sábado, 17 de marzo de 2012

CAPÍTULO 2 -Ultramarino-

El pequeño Salvorin, con sus bracitos abarco en la medida de sus posibilidades las caderas de su madre, lloriqueaba y jalaba la manga de la rebeca que la mujer portaba sobre los hombros.

Con la mejilla pegada al trasero y entre lágrimas, reconoció a su madre unos pasos más allá, mirándole entre divertida y emocionada.

Salvoret, avergonzado corrió sin mirar atrás abrazándose con fuerza, esta vez sí al trasero correcto. Su madre se inclino sobre él y planto un sonoro beso en el cogote del niño y comento entre risas con la otra señora, oculto bajo la rebeca de su madre, Vorin observaba la escena a través del punto de lana.

El pequeño comercio estaba abarrotado de productos alimenticios, de limpieza, conservas, fiambres, embutidos, grandes tarros de encurtidos sobre un inmenso mostrador de mármol blanco tras el que habitaba un gigante calvo, que devoraba aceitunas y escupía los huesos por la comisura de la boca. Tal vez, a esa imagen infantil, se debiera la aversión de Salvador a las olivas y todo lo que oliera a encurtidos.

Años después comprobaría que, ni el mostrador era tan alto ni el gigante tan terrible, aunque si tan calvo y todavía más grimoso. De la mano de su madre, Vorin salió del ultramarinos, cruzaron la calle en diagonal y entraron en el callejón: un "cul de sac" con cuatro plazoletas confrontadas, dos todavía conservaban pinos, las otras dos habían sido invadidas por maceteros, jardineras y artesanía popular.

En la primera plazoleta, según se entraba a la izquierda, cuatro invornales vacios sin rastro de vegetación, servían de centro de reunión para juegos infantiles y ocasional ruedo para martirologio de lagartijas y cualquier otro desdichado animalillo que cayera en manos infantiles.

En el centro, una antigua fuente de granito sin agua, en la pileta, dos tornillos de traviesa, oxidados.

Sobre el cuerpo de la fuente, sentado con las piernas abiertas ''Miguelin'' gritaba:

-!!Abandonen la nave, la cuenta atrás para la autodestrucción ha comenzado!!- todo esto dicho mientras se cogía la nariz entre el pulgar y el índice. Mientras, una caja de cartón de nevera daba tumbos por la plazoleta, el interior era una fiesta infantil, de la que Salvorin pasó a formar parte en cuanto pudo zafarse de la mano de su madre, rápidamente desapareció en su interior, la masificación dentro de la caja dificultaba la verticalidad, pero de eso se trataba...

Risas, gritos, cuatro niños luchando por mantener aquello derecho, en la parte superior, un trozo de cielo. El gris azulado del fin de una tarde de verano, el sonido del fritoleo y el olor de las cenas en las plantas bajas, llenaban el ambiente.

Miguelin cantaba una canción inventada por él:

-"Pedro Marulo Juan Antoniano, AntoniPedo, PedroElChimpón."

Miguelin siempre fue muy ocurrente. De pronto se hizo el silencio, una fuerza exterior tiró de la caja hacia arriba dejando al descubierto a los cuatro niños. Un diminuto hombrecillo mal vestido, con una grasienta gorra de maletilla ladeada y una colilla que apenas se sujetaba entre los labios apareció ante ellos y dijo:

-Me hace mas falta a mí que a vosotros.- Maldiciendo , la extendió en el suelo y la doblo varias veces pateándola al final con el propósito de que no volviera a su estado original, dio un par de vueltas cruzadas con un cordel y remató con un nudo llano. La enganchó en un alambre que colgaba de la parte exterior del carromato que el mismo remolcaba. Los niños le miraban sin entender nada y en respetuoso silencio hacia el anciano, silencio solo roto por cientos de pitos en el pecho del hombre negándose a desprender la colilla de sus labios. Colocó un tirante en su hombro, se aferró a las varas del carromato y a duras penas, renegando se alejó. Salvador, sentado a la mesa recuerda y siente que sigue allí, que su infancia termino aquel día, lo de después fue otra cosa. Claramente ve alejarse el carromato, la niñez, la inocencia, la sensación de odio hacia aquel hombre lo poseyó por primera vez. Si no se mirara cada mañana en el espejo creería que sigue teniendo el mismo aspecto que a los siete años, que sigue allí viendo alejarse todo, que él nunca se movió, que todo a su alrededor cambió y no le dieron tiempo a ponerse al día. Se sentía cansado, muy cansado y salvajemente aburrido.

Se recostó sobre el mamparo y como todas las noches pensó en hacer algo por su vida, empezaría mañana.

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